
Nostalgia Automotriz: Comprar Carro en Colombia en los Años 90
Revive la experiencia de comprar un automóvil en Colombia durante los años 90: concesionarios, financiación, modelos populares y todo el proceso que marcó una época.

Revive la experiencia de comprar un automóvil en Colombia durante los años 90: concesionarios, financiación, modelos populares y todo el proceso que marcó una época.
Los años 90 representaron una época de transformación para el mercado automotriz colombiano. Tras la apertura económica impulsada por el gobierno de César Gaviria en 1990, el panorama para comprar un vehículo cambió drásticamente. Aquellos tiempos, marcados por la transición entre lo tradicional y lo moderno, ofrecían una experiencia de compra completamente diferente a la actual. Viajar al pasado nos permite entender cómo ha evolucionado el mercado de carros en Colombia y apreciar las diferencias con el proceso de compra contemporáneo.
Para quienes vivieron esa época, comprar un carro era un acontecimiento familiar significativo, un símbolo de estatus y progreso. Para las nuevas generaciones, conocer este proceso es adentrarse en un mundo donde internet no existía como herramienta de compra, las opciones eran limitadas y los trámites mucho más complejos.
Antes de la apertura económica de 1990, el mercado automotriz colombiano estaba fuertemente protegido por aranceles que podían llegar hasta el 200% del valor del vehículo. Esto hacía que los precios fueran extremadamente altos y las opciones limitadas. Los colombianos tenían acceso principalmente a marcas como Renault, Mazda y Chevrolet, ensambladas localmente por Sofasa, CCA y Colmotores respectivamente.
Con la apertura económica, los aranceles se redujeron significativamente, permitiendo la entrada de nuevas marcas y modelos. Sin embargo, comprar un carro seguía siendo una inversión considerable para la mayoría de las familias colombianas. En 1990, un Renault 9 básico podía costar alrededor de 7 millones de pesos, cuando el salario mínimo mensual apenas superaba los 40.000 pesos.
Los años 90 trajeron consigo vehículos que se convertirían en íconos de las carreteras colombianas:
Estos vehículos no solo eran medios de transporte, sino que representaban aspiraciones y posicionamiento social. Tener un "carro del año" era motivo de orgullo y conversación en los barrios colombianos.
En los años 90, comprar un carro comenzaba invariablemente con visitas a los concesionarios. A diferencia de hoy, donde gran parte de la investigación se hace en línea, en aquella época era necesario recorrer físicamente los puntos de venta para conocer modelos, precios y opciones de financiación.
Los concesionarios eran espacios casi ceremoniales. Las familias se vestían adecuadamente para estas visitas, que solían ocurrir los fines de semana. Los vendedores, generalmente hombres vestidos con traje y corbata, atendían con un protocolo formal que incluía ofrecer café mientras explicaban las características de los vehículos.
El proceso típico incluía:
Una diferencia notable con la actualidad era la limitada disponibilidad de colores y accesorios. Mientras hoy es posible personalizar múltiples aspectos de un vehículo, en los 90 las opciones eran reducidas y muchas veces había que conformarse con lo disponible en inventario o esperar meses por un pedido especial.
Obtener financiación para un vehículo en los años 90 era considerablemente más complicado que en la actualidad. Las tasas de interés eran significativamente más altas, oscilando entre el 30% y 45% efectivo anual en muchos casos. Los plazos de financiación eran más cortos, típicamente entre 24 y 36 meses, raramente llegando a los 48 meses que hoy son considerados estándar.
Las corporaciones de ahorro y vivienda (CAV), los bancos tradicionales y las financieras de las propias marcas eran las principales fuentes de crédito. El proceso de aprobación podía tomar semanas, con requisitos estrictos que incluían:
Una práctica común era la utilización de codeudores, generalmente familiares con propiedad raíz, que respaldaban el crédito. Esta figura era casi imprescindible para compradores jóvenes o con historiales crediticios limitados.
Muchos créditos para vehículos en los 90 estaban atados al sistema UPAC (Unidad de Poder Adquisitivo Constante), que ajustaba las deudas según la inflación. Este sistema, que eventualmente colapsaría hacia finales de la década, causó que muchas familias vieran incrementadas significativamente sus cuotas, llevando a situaciones donde el saldo de la deuda crecía en lugar de disminuir.
Para quienes no calificaban para créditos bancarios, existían sistemas informales como los "clubes" o "fondos" de carros, donde un grupo de personas aportaba mensualmente a un fondo común y mediante sorteos se determinaba quién recibía el vehículo cada mes.
Si algo caracterizaba la compra de un vehículo en los años 90 era la cantidad de trámites presenciales y el papeleo involucrado. A diferencia de hoy, donde muchos procesos están digitalizados, cada paso requería visitas personales a diferentes entidades.
Una vez adquirido el vehículo, comenzaba el proceso de matriculación que incluía:
Durante este periodo, el vehículo circulaba con un permiso provisional de papel que debía ser renovado periódicamente si los trámites se extendían demasiado.
Un aspecto particular de la época era la asignación de placas según el departamento. Cada región tenía su propia nomenclatura, lo que hacía inmediatamente identificable la procedencia del vehículo. Por ejemplo, las placas de Bogotá comenzaban con la letra B, las de Antioquia con A, y así sucesivamente.
El Seguro Obligatorio de Accidentes de Tránsito (SOAT) ya existía en los años 90, pero su adquisición era un trámite separado que debía realizarse en compañías aseguradoras. No existía la integración actual con el concesionario ni las opciones de compra en línea.
En cuanto a seguros adicionales, estos eran considerados un lujo por muchos compradores. Las pólizas todo riesgo eran significativamente más costosas en términos relativos que en la actualidad, y muchos propietarios optaban por asegurar sus vehículos únicamente contra robo y pérdida total, asumiendo personalmente los riesgos de daños parciales.
Las aseguradoras ofrecían menos coberturas y beneficios adicionales que hoy. Servicios como asistencia en carretera, vehículo de reemplazo o atención de emergencias eran limitados o inexistentes en muchas pólizas básicas.
La forma en que los colombianos conocían los nuevos modelos de carros en los años 90 era radicalmente diferente a la actual. Sin internet, las principales fuentes de información eran:
Los anuncios enfatizaban aspectos como potencia, economía de combustible y, curiosamente, la capacidad del baúl (maletero). Los mensajes publicitarios apelaban frecuentemente al estatus social y el éxito familiar asociado con la posesión de un vehículo nuevo.
Un evento crucial en el calendario automotriz colombiano era el Salón del Automóvil, celebrado en Corferias, Bogotá. Este evento bienal era la oportunidad para que las marcas presentaran sus novedades y para que las familias colombianas soñaran con su próximo vehículo. Asistir al Salón era casi un ritual para los entusiastas y compradores potenciales.
Durante estos eventos se generaban largas filas para ver los modelos más esperados, y era común que se realizaran lanzamientos especiales con promociones exclusivas para quienes compraran durante el Salón.
Para muchos colombianos, el mercado de vehículos usados representaba la única opción viable para acceder a un carro propio. En los años 90, este mercado funcionaba principalmente a través de:
La compra de usados implicaba riesgos significativos. No existían herramientas como RUNT para verificar el historial del vehículo, y las revisiones mecánicas dependían de la confianza en un mecánico conocido que acompañara al comprador.
Una práctica común era llevar el vehículo a un taller de confianza para un "peritaje", una revisión exhaustiva que buscaba detectar problemas mecánicos, signos de accidentes previos o alteraciones en los números de identificación. Estos peritajes eran fundamentales ante la ausencia de garantías formales en el mercado de usados.
Los precios de los vehículos usados se consultaban en la "revista Motor", que publicaba periódicamente listas de precios que se convertían en la referencia obligada para vendedores y compradores.
El contraste entre comprar un carro en los años 90 y hacerlo hoy es notable en múltiples aspectos:
| Aspecto | Años 90 | Actualidad |
|---|---|---|
| Información disponible | Limitada a medios impresos y visitas presenciales | Abundante información en línea, comparadores, reviews |
| Opciones de financiación | Limitadas, con altas tasas y requisitos estrictos | Múltiples alternativas, tasas competitivas, plazos extendidos |
| Proceso de compra | Completamente presencial, múltiples visitas | Posibilidad de compra 100% en línea |
| Trámites | Extensos, presenciales y burocráticos | Simplificados, muchos digitalizados |
| Garantías | Limitadas, generalmente 1 año o 20.000 km | Extendidas, hasta 5-7 años en algunas marcas |
| Variedad de modelos | Reducida, principalmente gamas básicas | Amplia, incluyendo nichos específicos |
Esta evolución refleja no solo cambios tecnológicos sino también transformaciones en las expectativas de los consumidores y en la competitividad del mercado automotriz colombiano.
Los vehículos más vendidos incluían el Renault 9, Mazda 323, Chevrolet Swift, Renault 4 (que continuaba su éxito de décadas anteriores), Chevrolet Monza y Mazda 626. Estos modelos dominaban las calles colombianas y representaban diferentes segmentos del mercado.
A principios de la década, un vehículo compacto como el Renault 9 básico costaba aproximadamente 7 millones de pesos, mientras que modelos de gama media como un Mazda 626 podían superar los 15 millones. Para contextualizar, el salario mínimo en 1990 era de aproximadamente 41.000 pesos mensuales, lo que significaba que un carro básico costaba el equivalente a más de 14 años de salario mínimo.
La financiación se obtenía principalmente a través de bancos tradicionales, corporaciones de ahorro y vivienda (CAV) y financieras de las marcas. Las tasas de interés eran significativamente más altas que en la actualidad, oscilando entre 30% y 45% efectivo anual. Los plazos eran más cortos (24-36 meses) y se exigían cuotas iniciales de entre 30% y 50% del valor del vehículo.
Para la compra se requerían documentos de identificación, comprobantes de ingresos, certificados laborales con antigüedad mínima (generalmente 2 años), referencias personales y comerciales, y declaración de renta. Para la financiación, frecuentemente se necesitaba un codeudor con propiedad raíz.
El proceso completo podía extenderse por varias semanas o incluso meses. La aprobación del crédito tomaba entre 1 y 3 semanas, mientras que la matriculación y entrega de placas definitivas podía demorar otro mes o más, dependiendo de la eficiencia de las oficinas de tránsito locales.
Recordar cómo era comprar un carro en Colombia durante los años 90 nos permite apreciar la notable evolución que ha experimentado este mercado. Lo que antes era un proceso largo, complejo y limitado, hoy se ha transformado en una experiencia más accesible, informada y eficiente.
Aquella época, marcada por catálogos impresos, largas visitas a concesionarios y complejos trámites burocráticos, contrasta fuertemente con la actualidad digital donde es posible investigar, comparar, financiar y hasta comprar un vehículo sin salir de casa.
Sin embargo, más allá de las evidentes mejoras en conveniencia, algo se ha perdido en el camino: aquel sentido de evento familiar, de logro significativo que representaba la adquisición de un vehículo nuevo. Para muchas familias colombianas de los 90, comprar un carro era un hito que se celebraba y recordaba, no simplemente una transacción comercial más.
Esta mirada al pasado no solo satisface nuestra nostalgia, sino que nos ayuda a comprender mejor la evolución del consumidor colombiano, sus expectativas y la forma en que el mercado automotriz ha respondido a ellas a lo largo de tres décadas de transformación continua.